Cuerpos vacíos
En la llamada libertad nos conformamos,
con encuentros fugaces, ilusiones rotas.
Deseos vacíos,
donde el fin es poseer tu cuerpo,
alimentar la lujuria de un ser marcado por tormentas.
Otra noche, un desconocido,
un demonio terrenal,
el eco de mi respiración,
en una habitación vacía.
Otra noche en la que no sentí,
el fuego de mi ser ardiendo en deseos.
Cada beso es una grieta en mi ser,
una sombra que no encaja con mi alma.
Otra noche de orgasmos rotos,
que no logran elevarme al cielo.
Mi cuerpo sigue el mismo guion,
aunque mi alma ya ha abandonado la escena.
Veo su rostro satisfecho,
sonríe, se siente más hombre.
Veo su sonrisa que se jacta,
cree que me ha hecho llegar.
Pero soy maestra del disfraz.
¿Cómo sentir éxtasis con alguien
que no vibra al roce de mis dedos?
Intento seguir el ritmo de esta realidad,
adaptarme a la superficialidad
de hombres que buscan sexo en mí.
¿Qué imagen he reflejado?
No. Respondo en mi interior.
Es el poco valor que hay
en algo tan sagrado como el sexo.
Y yo, queriendo encajar,
en esta suciedad.
Disfrazada de camaleón,
me oculto bajo capas de colores,
colores que no son los míos,
para nunca mostrar la pureza de mi ser.
A hombres rotos que me ven
sólo como carne, muerta.
Me conozco, sé que sin conexión,
nunca alcanzaré el éxtasis que busco.
Pero aquí estoy de nuevo,
en una cama vacía.
Sonrío, enmascarando la verdad,
he dado más de mí,
que lo que jamás recibí de ellos.
Miro al techo, insatisfecha,
juzgándome una vez más.
¿Por qué acepté experimentar otra vez?
«Déjame descansar y continuamos…»
¿De verdad crees que quiero continuar?
Me levanto, sonrío cínicamente,
y en mi interior, deseo que se borre
este momento,
pero no se borrará
ni de mí, ni de mi ser.
Otra vez estoy vacía,
con un nuevo contacto bloqueado.

